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sábado, 1 de junio de 2013

"A veces, la verdad parece cierta": Pizarro y Atahualpa, una apuesta de locos

"A veces la verdad parece cierta" -Anónimo

Álvaro Van den Brule

Las altas cumbres y bajas temperaturas no arredraban a las tropas españolas en su avance por aquel territorio plagado de hostilidad hacia cualquier expresión biológica. Los dioses locales, aunque invisibles a sus ojos, se manifestaban cruelmente a través de aquel escenario sobrecogedor. Estaban los expedicionarios acostumbrados a la experiencia de andar entre el alto matorral andino, aunque ello comportaba en ocasiones el riesgo de un ataque sorpresa de los indígenas, eternos habitantes del silencio circundante. Estas emboscadas eran muy difíciles de prever, pues aunque los locales eran inferiores en recursos técnicos y su capacidad  militar asimétrica a la de sus adversarios, luchaban en casa y sus desconcertantes y cambiantes tácticas, no permitían siempre un grado de alerta adecuada.
Fatigosos meses de andadura quedaban atrás y algunos amigos y compañeros se habían despeñado monte abajo en aquella apuesta de locos. Había que seguir adelante a pesar de los contratiempos y extender unas fronteras que empezaban a ser demasiado grandes y onerosas de mantener. Cada paso dado en la incierta aventura agrandaba los límites de la historia. Lenta e inexorable aquella tropa de exploradores avanzaba en un terreno jamás hollado por occidentales en el que riscos y nieblas configuraban  un fantasmagórico e inexpugnable lugar.
Los trece de la fama
Perú era el gran reto de Francisco Pizarro. Dos intentonas previas habían desembocado en sendos fracasos, más el obstinado extremeño no se daba por vencido. En uno de sus rifirrafes con Almagro, acordaron que el primero se quedara en una isla de pequeñas dimensiones con doce soldados

domingo, 7 de abril de 2013

Extremadura, cuna de conquistadores



No fueron ni uno, ni dos, ni tres... Extremadura es la cuna de una docena de grandes conquistadores cuyos nombres se escriben con letras de oro en los libros de Historia. Valentía, agallas y una buena dosis de aventura corría por las venas de jóvenes ambiciosos que lo dejaron todo por seguir la sana locura de Cristóbal Colón en su viaje al Nuevo Mundo. Allí, los extremeños dejaron su impronta, pero aquí también podemos palpar ese triunfal pasado al caminar por la tierra que vio nacer a genios como Francisco Pizarro, conquistador de Perú; Vasco Núñez de Balboa, descubridor del actual Océano Pacífico; Hernán Cortés, conquistador del Imperio Azteca, o Inés de Suárez, fundadora de la actual Santiago de Chile.

La ruta de los descubridores cruza Extremadura para mostrarnos la esencia de un pueblo afable, sencillo y hospitalario que, a pesar de su humildad, guarda vastos tesoros. Iniciamos el camino en Plasencia, ciudad natal de Inés de Suárez, aunque no sólo ella cobra importancia en la conquista de América. De hecho, gracias a las campañas promovidas por los obispos placentinos se descubrió y conquistó la Patagonia argentina y las islas Malvinas, se cruzó el canal de Beagle y se avistó por vez primera la isla de Chiloé (Chile). Entre las calles de Plasencia sobresale la silueta de la catedral (que en realidad son dos yuxtapuestas), aunque tras sus murallas se esconde una buena colección de palacios, restos judíos y casas señoriales.




Francisco Pizarro y Francisco de Orellana, fundador de la ciudad de Guayaquil (Ecuador) y descubridor del río Amazonas, son los culpables de que Trujillo sea una parada obligada en esta ruta. De hecho, la imponente estatua de Pizarro en el centro de la plaza deja atisbar el fervor que la ciudad rinde a su vecino más ilustre. Sin embargo, más allá de la figura de los conquistadores, Trujillo engatusa por el color de sus piedras y la prestancia de su caserío. Coronada por el castillo, construido entre los siglos X y XI con carácter militar, la ciudad se convierte en un amasijo de callejuelas empinadas que invita al viajero a perderse por un pasado de esplendor.

Pero no nos engañemos. Si Extremadura fue la patria de muchos conquistadores es porque, tras la Reconquista de 1492, poco o nada tenían que hacer aquí los precoces hidalgos. Inexistentes batallas, malas cosechas, fuertes hambrunas y pueblos empobrecidos hicieron que los jóvenes extremeños no vieran más futuro que el que se les prometía al otro lado del Atlántico. Hambre de fortuna y sed de fama empujaron a muchos a embarcarse rumbo a las Américas; eso sí, siempre con el nombre de su honrada tierra como seña de identidad.






Una típica villa serrana que creció al abrigo de un milagro es con lo que nos topamos al entrar en Guadalupe, centro de peregrinación gracias a la construcción de un imponente Monasterio declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993. Tal es la devoción por la Virgen que Cristóbal Colón pasó por aquí en varias ocasiones, tanto antes de partir en su primer viaje como después, muestra de su agradecimiento a Nuestra Señora por guardarle en tan célebre hazaña.
De hecho, a la vuelta de su segundo viaje, peregrinó hasta el monasterio y frente a la Virgen bautizó a dos indígenas traídos de América, Cristóbal y Pedro, los primeros aborígenes con partida bautismal.




La ruta continúa por la provincia de Badajoz, pues Medellín fue la tierra natal de Hernán Cortés, que preside la plaza del pueblo en forma de estatua. El topónimo de esta villa aún se conserva en ciudades de Colombia, México y Argentina. El final del camino llega en Jerez de los Caballeros, localidad natal de Vasco Núñez de Balboa, quien en 1513 avistó la inmensidad de un océano al que llamó Mar del Sur, un hito que cambió el mapa del mundo, propició el intercambio de riqueza entre continentes y puso el nombre de Extremadura en el altar de los ilustres; una tierra que ya