La población en general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe.
Noam Chomsky
El anhelado acceso hacia los mercados de especias de Catay y Cipango sería el principio de una globalización anticipada. Hasta que Vasco Núñez de Balboa no se sumergió en el Océano Pacifico, nadie en Occidente fue capaz de intuir la transcendencia de aquel sensacional descubrimiento y ni él mismo tuvo una idea cabal del peso y calado de lo que estaba haciendo. No en vano, y dada la importancia de tan crucial apuesta, en marzo del año 1508 la Corona había convocado a los mejores pilotos del reino, llamándolos a capitulo para buscar de manera perentoria y sin dilaciones una ruta de acceso rápida y fiable hacia el mercado de las especias. Dicho y hecho; Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón, el ubicuo mercenario Américo Vespucio y Juan Díaz de Solís se pusieron manos a la obra. No tardarían mas de cinco años en dar con la tecla.
Por aquel entonces había una guerra soterrada bajo la mesa entre las dos potencias oceánicas, Portugal y España. Algunos conflictos puntuales se cerraban tras arduas negociaciones con nuestros hermanos, pero los lusos llevaban ventaja en las exploraciones hacia el este trufando de emporios toda la costa africana y algunas colonias en el oeste de India. Esto es, había cierta presión por materializar un paso mas rápido hacia el oeste y además, cuanto antes.
El nivel de intercambios mundiales y la articulación de una economía global más dinámica tuvieron un impacto extraordinario en un mundo agostado y adormecido en una especie de teoría

