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martes, 29 de octubre de 2013

Núñez de Balboa, víctima de una conspiración contra los mejores, por Álvaro Van den Brule

La población en general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe.
Noam Chomsky

El anhelado acceso hacia los mercados de especias de Catay y Cipango sería el principio de una globalización anticipada. Hasta que Vasco Núñez de Balboa no se sumergió en el Océano Pacifico, nadie en Occidente fue capaz de intuir la transcendencia de aquel sensacional descubrimiento y ni él mismo tuvo una idea cabal del peso y calado de lo que estaba haciendo. No en vano, y dada la importancia de tan crucial apuesta, en marzo del año 1508 la Corona había convocado a los mejores pilotos del reino, llamándolos a capitulo para buscar de manera perentoria y sin dilaciones una ruta de acceso rápida y fiable hacia el mercado de las especias. Dicho y hecho; Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón, el ubicuo mercenario Américo Vespucio y Juan Díaz de Solís se pusieron manos a la obra. No tardarían mas de cinco años en dar con la tecla.
Balboa puso de manifiesto su talante diplomático y conciliadorPor aquel entonces había una guerra soterrada bajo la mesa entre las dos potencias oceánicas, Portugal y España. Algunos conflictos puntuales se cerraban tras arduas negociaciones con nuestros hermanos, pero los lusos llevaban ventaja en las exploraciones hacia el este trufando de emporios toda la costa africana y algunas colonias en el oeste de India. Esto es, había cierta presión por materializar un paso mas rápido hacia el oeste y además, cuanto antes.
El nivel de intercambios mundiales y la articulación de una economía global más dinámica tuvieron un impacto extraordinario en un mundo agostado y adormecido en una especie de teoría

domingo, 20 de octubre de 2013

Hernán Cortes, un Casanova con genio militar que lo dio todo por su rey

Retrato anónimo de Hernán Cortés, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Álvaro Van den Brule

Doscientos perros mastines del Pirineo formaban la primera línea de ataque de los españoles. La segunda estaba ocupada por especializados y corpulentos arcabuceros, que en caso de verse desbordados por el enemigo podrían usar las potentes horquillas de apoyo en los previsibles cuerpo a cuerpo que sin duda alguna se darían contra aquella ingente masa adversaria de infantería local. Una imponente tercera línea compuesta por trescientos jinetes sobre ágiles caballos árabes aguardaba la orden precisa para iniciar el asalto con las espadas en ristre. Era un siete de julio de 1520 y el sol despuntaba en aquellos cruciales momentos.
El sepulcral silencio previo a la orden de ataque sólo se veía roto por las plegarias de la tropa ante la intensidad de aquel trascendental instante. La presencia palpable de la muerte y su lacerante componente de incertidumbre, sumado al recuerdo de los familiares y el sentido de pertenencia a una tierra lejana, hacían que en aquel extraño pasaje de la existencia, en aquel momento vital tan tremendo, la cohesión de la tropa tuviera visos de una comunión casi mística en la antesala del vacío.
En 'temporada alta', la cosa ascendía a millares de interfectos que se dejaban el resuello en las escaleras de subida al altar del sacrificioEnfrente, un pueblo que ofrecía miles de cabezas cortadas como ofrenda a un Dios despiadado. Convocaba éste a sus adoratrices verdugos, para segar a un ritmo de un centenar de cabezas los fines de semana, para regocijo del populacho y esto, a ritmo relajado. Cuando se aceleraban un poco, esto es, en “temporada alta”, la cosa ascendía a millares de interfectos que se dejaban el resuello en las escaleras de subida al altar del sacrificio y que para cuando habían llegado a la parte “noble” del templo no les daba mucho tiempo a reflexionar sobre el futuro. La infernal máquina de decapitación azteca funcionaba a pleno rendimiento.
Sus enemigos eran innumerables, totonacas, txitximecas, txacaltecas, incluso mayas residuales, eran pueblos tapón que les servían como amortiguación ante cualquier invasión por sorpresa y al tiempo les permitía estar en forma y entrenados para la guerra. Una vez llegadas las campañas de

viernes, 12 de julio de 2013

La Noche Triste: Hernán Cortés y sus hombres sucumben a la venganza azteca

Muerto Moctezuma, los conquistadores españoles y sus aliados tlaxcaltecas intentaron huir de Tenochtitlán, con el oro a cuestas 

Parte de una de las «Tablas de la Conquista» que representa la «Noche triste» de Hernán Cortés


 Francisco Delgado-Iribarren

La noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520, los conquistadores españoles al mando de Hernán Cortés huyeron de la ciudad de Tenochtitlán, capital del imperio azteca. Muchos de ellos sólo lo intentaron, porque se quedaron encerrados en la isla-matadero o porque los guerreros indígenas alcanzaron a tiempo su sangre para ofrendarla a sus dioses. Bernal Díaz del Castillo, autor (ahora discutido) de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, soldado presente en aquel episodio, calcula que fueron como 600 sus compañeros muertos.
Aquella batalla ha pasado a la Historia como la Noche Triste, pero no fue triste sólo para los españoles, también lo fue para sus aliados tlaxcaltecas, que sufrieron miles de muertos. Para los enemigos aztecas (o mexicas) tampoco fue una Noche Alegre, sino una Noche de Venganza, en la que ajustaron una larga lista de cuentas con los invasores. Se podría decir que se las devolvieron todas juntas: la entrada sin permiso, el secuestro de Moctezuma, las recientes matanzas, las afrentas a los dioses, el robo del oro… Etcétera. Pero contémoslo poco a poco.

La matanza del Templo Mayor

Los españoles habían entrado en la capital del imperio el 8 de noviembre de 1519, es decir, que se disponían a pasar su primer verano en Tenochtitlán. Pero la situación se complicó. En ausencia de Hernán Cortés, que fue a combatir la expedición de su compatriota y sin embargo

viernes, 21 de junio de 2013

Bernal Díaz del Castillo: el escribano entre exploradores que fue biógrafo de Cortés

“Y vinieron al amanecer y eran más de diez mil…”(Crónicas de Xenofonte)

Álvaro Van den Brule


Bernal Díaz del Castillo, presunto autor de la Historia verdadera, relata en esta crónica de Indias, con minucioso detalle y elegante pluma, las correrías, a la par que increíble gesta, del famoso explorador y conquistador Hernán Cortes por los territorios de los mexicas en los preliminares de lo que después sería la Nueva España.
Este hombre, cronista y conquistador a su vez, escribe probablemente lo que podría haber sido la primera novela española dedicada íntegramente al descubrimiento. Su condición de soldado, escribano e hidalgo al tiempo, no le conferían un certificado de analfabetismo como el que se adjudica habitualmente a la tropa en aquella época. Hay quien aduce que era un escribano muy próximo a Cortés, y que las crónicas de ambos se complementan y retroalimentan fundiéndose en un todo común. La opinión de ambos es equivalente a la suma de un enfoque más crítico y formado para una opinión más liberada de prejuicios. Faltaría por valorar lo que opinaban los afectados.
Hay un debate actualmente entre los autores que discuten el protagonismo y la relevancia de ambas crónicas. El caso es que para atender a la historia con alguna solvencia y equidad, hay que manejarse en la duda cartesiana. Al parecer, la caprichosa balanza se inclina y da más peso al arquetipo de conquistador más mesiánico al propio Cortés tras arduos debates e investigaciones pendientes de definir aún. El historiador Christian Duverger, con más de veinticinco años de estudio sobre la figura del conquistador, implica directamente al expeditivo soldado  como matriz intelectual del relato.
Y volviendo a Bernal Díaz del Castillo, había embarcado este en la expedición que capitaneaba Cortés y que daría lugar a una de las mayores gestas militares y culturales de la historia, y de cuya asimilación –no siempre afortunada y constructivamente criticada- queda hoy el legado de la hermosa lengua deCervantes y la huella de un pasado posiblemente más glorioso y con bastante más lustre

jueves, 6 de junio de 2013

Los indios se bautizaban en Guadalupe

Pila bautismal de Guadalupe, ahora fuente. en la entrada

por ceciliojvenegas
Quizás una de las primeras presencias documentadas de guiris en Extremadura vaya ligada al Monasterio de Guadalupe, verdadero faro y foco de religión, conocimiento, ciencia y arte. Como tal fue transitado desde su fundación, teniendo la ventaja para  su conocimiento histórico de poseer uno de los mejores archivos de España, que además fue resguardado por la parroquia de La Puebla durante el convulso período de la Desamortización.
Según nos informa la página del Real Monasterio, el almirante Cristóbal Colón estuvo muy ligado a los Reyes Católicosy por ello, tuvo presencia en Guadalupe en cuatro ocasiones con motivo de su empresa de la conquista de América: El 21 de abril de 1486; los días 5 y 6 de abril de 1487; en 1493 tras su logro del primer viaje, y en 1496 tras su segundo viaje trayendo consigo dos indios, Cristóbal y Pedro, que fueron bautizados en la pila que hoy se encuentra en la fuente de la plaza de Santa María.
Aunque no fueron los primeros indios que trajo Colón, ya que después de su primer viaje acabaron visitando a la Corte en Barcelona, si es cierto que la primera presencia documentada de ellos reside en los archivos del Monasterio,

domingo, 2 de junio de 2013

Juan de la Cosa: sólo los que se arriesgan a ir lejos saben lo lejos que se puede llegar

Solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir cuan lejos se puede llegar... Jenofonte

Alvaro van den Brule



En la época en que se inician las exploraciones castellanas hacia la “Mar Oceana”, y ya consolidada la reconquista, la creencia generalizada entre los marinos profesionales era que el Océano Atlántico tenía unos límites precisos cuyas demarcaciones estarían definidas por las Islas Canarias, las Azores y Madeira. Estos límites no se debían de transgredir so pena de ser arrastrados hacia una colosal catarata de proporciones gigantescas y caída sin fin de la que no habría retorno posible. Por lo que la “Terra Incógnita” hubo que seguir esperando el reto de algún iluminado.
Por aquel entonces, en las postrimerías del siglo XV, los métodos de construcción naval habían mejorado sensiblemente para adaptarse al viaje transoceánico. El alto bordo y el calado se habían  acentuado y la navegación teórica había mejorado los métodos de rumbo y distancia, aunque seguía fiando su suerte al “costa a la vista” y a la maestría de los pilotos y sus bien custodiados portulanos, pues en esta época las “cartas de marear” tenían un alto componente geo-estratégico y, por ende, militar.
Pero el Atlántico era otra cosa. Mar de fondo y borrascas eran situaciones más que frecuentes, aunque no en la época en que zarpó Colón. Para afrontar los tres meses de viaje que requería una carabela más ligera o una Nao de más porte en cruzar el océano, era necesario algo más

sábado, 1 de junio de 2013

"A veces, la verdad parece cierta": Pizarro y Atahualpa, una apuesta de locos

"A veces la verdad parece cierta" -Anónimo

Álvaro Van den Brule

Las altas cumbres y bajas temperaturas no arredraban a las tropas españolas en su avance por aquel territorio plagado de hostilidad hacia cualquier expresión biológica. Los dioses locales, aunque invisibles a sus ojos, se manifestaban cruelmente a través de aquel escenario sobrecogedor. Estaban los expedicionarios acostumbrados a la experiencia de andar entre el alto matorral andino, aunque ello comportaba en ocasiones el riesgo de un ataque sorpresa de los indígenas, eternos habitantes del silencio circundante. Estas emboscadas eran muy difíciles de prever, pues aunque los locales eran inferiores en recursos técnicos y su capacidad  militar asimétrica a la de sus adversarios, luchaban en casa y sus desconcertantes y cambiantes tácticas, no permitían siempre un grado de alerta adecuada.
Fatigosos meses de andadura quedaban atrás y algunos amigos y compañeros se habían despeñado monte abajo en aquella apuesta de locos. Había que seguir adelante a pesar de los contratiempos y extender unas fronteras que empezaban a ser demasiado grandes y onerosas de mantener. Cada paso dado en la incierta aventura agrandaba los límites de la historia. Lenta e inexorable aquella tropa de exploradores avanzaba en un terreno jamás hollado por occidentales en el que riscos y nieblas configuraban  un fantasmagórico e inexpugnable lugar.
Los trece de la fama
Perú era el gran reto de Francisco Pizarro. Dos intentonas previas habían desembocado en sendos fracasos, más el obstinado extremeño no se daba por vencido. En uno de sus rifirrafes con Almagro, acordaron que el primero se quedara en una isla de pequeñas dimensiones con doce soldados

jueves, 25 de abril de 2013

Francisco de Orellana, el héroe que falleció a manos de los indios


Álvaro Van den Brule20/04/2013




Muchas de las cosas que están enterradas no están muertas. Álvaro Cunqueiro.
Orellana, como Cortés, Pizarro, Gaspar de Carvajal, García de Paredes y otros ilustres extremeños que dieron tanta grandeza a España, nació en Trujillo –cuna de “grandes” donde los haya–, predestinado a cabalgar a lomos de una de esas grandes olas con las que la historia se reivindica. Se podría decir que la gesta del “descubrimiento” había sido hecha a su medida,esto es, a la medida de gente soñadora.
En algún momento temprano del siglo XVI y con la perspectiva de un presente sin posibles, un horizonte sin expectativas y un tiempo sin mas esperanza que el monótono discurrir del lento paso de los días, este hidalgo de aspecto rudo tomó la determinación de quebrar la desesperante sensación del tiempo detenido y dio un paso al frente para conjurar un destino de incertidumbre. No tenía todavía dieciséis años cuando se encontró en la bocana de Sanlúcar de Barrameda y navegando hacia el oeste siguiendo la estela de otros grandes exploradores.
De innata valentía y fuerte en las apuestas que requerían gente de talla, no dudó en alistarse a las órdenes de Pizarro en la conquista del vasto imperio Inca. Sus quebraderos de cabeza le traería esta decisión al tiempo que jugosos dividendos, ya que su inveterada inclinación por el saqueo a las

domingo, 7 de abril de 2013

Extremadura, cuna de conquistadores



No fueron ni uno, ni dos, ni tres... Extremadura es la cuna de una docena de grandes conquistadores cuyos nombres se escriben con letras de oro en los libros de Historia. Valentía, agallas y una buena dosis de aventura corría por las venas de jóvenes ambiciosos que lo dejaron todo por seguir la sana locura de Cristóbal Colón en su viaje al Nuevo Mundo. Allí, los extremeños dejaron su impronta, pero aquí también podemos palpar ese triunfal pasado al caminar por la tierra que vio nacer a genios como Francisco Pizarro, conquistador de Perú; Vasco Núñez de Balboa, descubridor del actual Océano Pacífico; Hernán Cortés, conquistador del Imperio Azteca, o Inés de Suárez, fundadora de la actual Santiago de Chile.

La ruta de los descubridores cruza Extremadura para mostrarnos la esencia de un pueblo afable, sencillo y hospitalario que, a pesar de su humildad, guarda vastos tesoros. Iniciamos el camino en Plasencia, ciudad natal de Inés de Suárez, aunque no sólo ella cobra importancia en la conquista de América. De hecho, gracias a las campañas promovidas por los obispos placentinos se descubrió y conquistó la Patagonia argentina y las islas Malvinas, se cruzó el canal de Beagle y se avistó por vez primera la isla de Chiloé (Chile). Entre las calles de Plasencia sobresale la silueta de la catedral (que en realidad son dos yuxtapuestas), aunque tras sus murallas se esconde una buena colección de palacios, restos judíos y casas señoriales.




Francisco Pizarro y Francisco de Orellana, fundador de la ciudad de Guayaquil (Ecuador) y descubridor del río Amazonas, son los culpables de que Trujillo sea una parada obligada en esta ruta. De hecho, la imponente estatua de Pizarro en el centro de la plaza deja atisbar el fervor que la ciudad rinde a su vecino más ilustre. Sin embargo, más allá de la figura de los conquistadores, Trujillo engatusa por el color de sus piedras y la prestancia de su caserío. Coronada por el castillo, construido entre los siglos X y XI con carácter militar, la ciudad se convierte en un amasijo de callejuelas empinadas que invita al viajero a perderse por un pasado de esplendor.

Pero no nos engañemos. Si Extremadura fue la patria de muchos conquistadores es porque, tras la Reconquista de 1492, poco o nada tenían que hacer aquí los precoces hidalgos. Inexistentes batallas, malas cosechas, fuertes hambrunas y pueblos empobrecidos hicieron que los jóvenes extremeños no vieran más futuro que el que se les prometía al otro lado del Atlántico. Hambre de fortuna y sed de fama empujaron a muchos a embarcarse rumbo a las Américas; eso sí, siempre con el nombre de su honrada tierra como seña de identidad.






Una típica villa serrana que creció al abrigo de un milagro es con lo que nos topamos al entrar en Guadalupe, centro de peregrinación gracias a la construcción de un imponente Monasterio declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993. Tal es la devoción por la Virgen que Cristóbal Colón pasó por aquí en varias ocasiones, tanto antes de partir en su primer viaje como después, muestra de su agradecimiento a Nuestra Señora por guardarle en tan célebre hazaña.
De hecho, a la vuelta de su segundo viaje, peregrinó hasta el monasterio y frente a la Virgen bautizó a dos indígenas traídos de América, Cristóbal y Pedro, los primeros aborígenes con partida bautismal.




La ruta continúa por la provincia de Badajoz, pues Medellín fue la tierra natal de Hernán Cortés, que preside la plaza del pueblo en forma de estatua. El topónimo de esta villa aún se conserva en ciudades de Colombia, México y Argentina. El final del camino llega en Jerez de los Caballeros, localidad natal de Vasco Núñez de Balboa, quien en 1513 avistó la inmensidad de un océano al que llamó Mar del Sur, un hito que cambió el mapa del mundo, propició el intercambio de riqueza entre continentes y puso el nombre de Extremadura en el altar de los ilustres; una tierra que ya