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domingo, 20 de octubre de 2013

Hernán Cortes, un Casanova con genio militar que lo dio todo por su rey

Retrato anónimo de Hernán Cortés, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Álvaro Van den Brule

Doscientos perros mastines del Pirineo formaban la primera línea de ataque de los españoles. La segunda estaba ocupada por especializados y corpulentos arcabuceros, que en caso de verse desbordados por el enemigo podrían usar las potentes horquillas de apoyo en los previsibles cuerpo a cuerpo que sin duda alguna se darían contra aquella ingente masa adversaria de infantería local. Una imponente tercera línea compuesta por trescientos jinetes sobre ágiles caballos árabes aguardaba la orden precisa para iniciar el asalto con las espadas en ristre. Era un siete de julio de 1520 y el sol despuntaba en aquellos cruciales momentos.
El sepulcral silencio previo a la orden de ataque sólo se veía roto por las plegarias de la tropa ante la intensidad de aquel trascendental instante. La presencia palpable de la muerte y su lacerante componente de incertidumbre, sumado al recuerdo de los familiares y el sentido de pertenencia a una tierra lejana, hacían que en aquel extraño pasaje de la existencia, en aquel momento vital tan tremendo, la cohesión de la tropa tuviera visos de una comunión casi mística en la antesala del vacío.
En 'temporada alta', la cosa ascendía a millares de interfectos que se dejaban el resuello en las escaleras de subida al altar del sacrificioEnfrente, un pueblo que ofrecía miles de cabezas cortadas como ofrenda a un Dios despiadado. Convocaba éste a sus adoratrices verdugos, para segar a un ritmo de un centenar de cabezas los fines de semana, para regocijo del populacho y esto, a ritmo relajado. Cuando se aceleraban un poco, esto es, en “temporada alta”, la cosa ascendía a millares de interfectos que se dejaban el resuello en las escaleras de subida al altar del sacrificio y que para cuando habían llegado a la parte “noble” del templo no les daba mucho tiempo a reflexionar sobre el futuro. La infernal máquina de decapitación azteca funcionaba a pleno rendimiento.
Sus enemigos eran innumerables, totonacas, txitximecas, txacaltecas, incluso mayas residuales, eran pueblos tapón que les servían como amortiguación ante cualquier invasión por sorpresa y al tiempo les permitía estar en forma y entrenados para la guerra. Una vez llegadas las campañas de

viernes, 12 de julio de 2013

La Noche Triste: Hernán Cortés y sus hombres sucumben a la venganza azteca

Muerto Moctezuma, los conquistadores españoles y sus aliados tlaxcaltecas intentaron huir de Tenochtitlán, con el oro a cuestas 

Parte de una de las «Tablas de la Conquista» que representa la «Noche triste» de Hernán Cortés


 Francisco Delgado-Iribarren

La noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520, los conquistadores españoles al mando de Hernán Cortés huyeron de la ciudad de Tenochtitlán, capital del imperio azteca. Muchos de ellos sólo lo intentaron, porque se quedaron encerrados en la isla-matadero o porque los guerreros indígenas alcanzaron a tiempo su sangre para ofrendarla a sus dioses. Bernal Díaz del Castillo, autor (ahora discutido) de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, soldado presente en aquel episodio, calcula que fueron como 600 sus compañeros muertos.
Aquella batalla ha pasado a la Historia como la Noche Triste, pero no fue triste sólo para los españoles, también lo fue para sus aliados tlaxcaltecas, que sufrieron miles de muertos. Para los enemigos aztecas (o mexicas) tampoco fue una Noche Alegre, sino una Noche de Venganza, en la que ajustaron una larga lista de cuentas con los invasores. Se podría decir que se las devolvieron todas juntas: la entrada sin permiso, el secuestro de Moctezuma, las recientes matanzas, las afrentas a los dioses, el robo del oro… Etcétera. Pero contémoslo poco a poco.

La matanza del Templo Mayor

Los españoles habían entrado en la capital del imperio el 8 de noviembre de 1519, es decir, que se disponían a pasar su primer verano en Tenochtitlán. Pero la situación se complicó. En ausencia de Hernán Cortés, que fue a combatir la expedición de su compatriota y sin embargo

viernes, 21 de junio de 2013

Bernal Díaz del Castillo: el escribano entre exploradores que fue biógrafo de Cortés

“Y vinieron al amanecer y eran más de diez mil…”(Crónicas de Xenofonte)

Álvaro Van den Brule


Bernal Díaz del Castillo, presunto autor de la Historia verdadera, relata en esta crónica de Indias, con minucioso detalle y elegante pluma, las correrías, a la par que increíble gesta, del famoso explorador y conquistador Hernán Cortes por los territorios de los mexicas en los preliminares de lo que después sería la Nueva España.
Este hombre, cronista y conquistador a su vez, escribe probablemente lo que podría haber sido la primera novela española dedicada íntegramente al descubrimiento. Su condición de soldado, escribano e hidalgo al tiempo, no le conferían un certificado de analfabetismo como el que se adjudica habitualmente a la tropa en aquella época. Hay quien aduce que era un escribano muy próximo a Cortés, y que las crónicas de ambos se complementan y retroalimentan fundiéndose en un todo común. La opinión de ambos es equivalente a la suma de un enfoque más crítico y formado para una opinión más liberada de prejuicios. Faltaría por valorar lo que opinaban los afectados.
Hay un debate actualmente entre los autores que discuten el protagonismo y la relevancia de ambas crónicas. El caso es que para atender a la historia con alguna solvencia y equidad, hay que manejarse en la duda cartesiana. Al parecer, la caprichosa balanza se inclina y da más peso al arquetipo de conquistador más mesiánico al propio Cortés tras arduos debates e investigaciones pendientes de definir aún. El historiador Christian Duverger, con más de veinticinco años de estudio sobre la figura del conquistador, implica directamente al expeditivo soldado  como matriz intelectual del relato.
Y volviendo a Bernal Díaz del Castillo, había embarcado este en la expedición que capitaneaba Cortés y que daría lugar a una de las mayores gestas militares y culturales de la historia, y de cuya asimilación –no siempre afortunada y constructivamente criticada- queda hoy el legado de la hermosa lengua deCervantes y la huella de un pasado posiblemente más glorioso y con bastante más lustre

domingo, 12 de mayo de 2013

Intrigas de poder, la lucha por la eternidad y el libro secreto de Hernán Cortés


EL GRAN DESCUBRIMIENTO DE DUVERGER


Corté

Durante siglos se ha pensado que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, uno de los pocos testimonios de primera mano existentes sobre el desembarco de los españoles en el Nuevo Mundo, fue escrito por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés. Cuatro siglos y medio después de su escritura, el profesor de Antropología social y cultural de Mesoamérica de la Universidad de París Christian Duverger plantea una nueva y rompedora hipótesis, recogida de manera divulgativa, a la manera de una novela policiaca, en su último trabajo, Crónica de la eternidad (Taurus): que el auténtico autor de la que fuese considerada por el escritor Carlos Fuentes como “la primera novela latinoamericana” es el propio conquistador Hernán Cortés.
Duverger aduce distintas razones en su volumen por las que sólo Cortés pudo haber redactado tal libro. Para empezar, porque su autor tuvo que haber estado presente en todos los acontecimientos que se relatan, lo cual limita el espectro de posibles autores a un número muy reducido de