Álvaro Van den Brule20/04/2013
Muchas de las cosas que están enterradas no están muertas. Álvaro Cunqueiro.
Muchas de las cosas que están enterradas no están muertas. Álvaro Cunqueiro.
Orellana, como Cortés, Pizarro, Gaspar de Carvajal, García de Paredes y otros ilustres extremeños que dieron tanta grandeza a España, nació en Trujillo –cuna de “grandes” donde los haya–, predestinado a cabalgar a lomos de una de esas grandes olas con las que la historia se reivindica. Se podría decir que la gesta del “descubrimiento” había sido hecha a su medida,esto es, a la medida de gente soñadora.
En algún momento temprano del siglo XVI y con la perspectiva de un presente sin posibles, un horizonte sin expectativas y un tiempo sin mas esperanza que el monótono discurrir del lento paso de los días, este hidalgo de aspecto rudo tomó la determinación de quebrar la desesperante sensación del tiempo detenido y dio un paso al frente para conjurar un destino de incertidumbre. No tenía todavía dieciséis años cuando se encontró en la bocana de Sanlúcar de Barrameda y navegando hacia el oeste siguiendo la estela de otros grandes exploradores.
De innata valentía y fuerte en las apuestas que requerían gente de talla, no dudó en alistarse a las órdenes de Pizarro en la conquista del vasto imperio Inca. Sus quebraderos de cabeza le traería esta decisión al tiempo que jugosos dividendos, ya que su inveterada inclinación por el saqueo a las
